Nabokov en DVD

Leo en
"EL PAÍS" que se publica en DVD, entre otras, pero esta es la que me interesa a mí, la entrevista que le hizo Bernard Pivot a Nabokov en 1975 en el programa de la televisión
"Apostrophes".
La posibilidad de ver una entrevista al novelista ruso me hace la boca agua (aquellos que hayan leído
"Opiniones contundentes" pueden imaginar por qué). Y el primer párrafo del artículo citado aumentan, si cabe, las ganas:
Vladímir Nabokov, que odiaba ser entrevistado, aceptó conversar con Bernard Pivot en 1975, en los inicios de su prestigioso programa cultural Apostrophes, de la televisión pública francesa Antenne 2, si bien le puso al periodista dos condiciones. La primera: conocer de antemano, por escrito, las preguntas, para escribir él, a su vez, las respuestas y poder leerlas disimuladamente durante la emisión. Y la segunda, dada la larga duración de la charla -en torno a una hora-, tener la posibilidad de tomar algún que otro sorbo de whisky sin que los telespectadores se apercibieran de ello. Pivot no lo dudó. Y, aunque el primer requisito contravenía el espíritu periodístico de Apostrophes, pesó más en él la oportunidad de compartir mesa y micrófono con el autor de Lolita. Sobre lo de la copa, el propio Nabokov halló la solución. "Usted", le dijo a Pivot, "pone el whisky en una tetera, y, durante el programa, me va preguntando: '¿Le sirvo un poco más de té, señor Nabokov?".
Precisamente, la semana pasada leí
"Pnin". El poder de sorpresa de la obra de Nabokov no tiene límites para mí; novela tras novela, consigue dejarme con la boca abierta. Jugando con las palabras como sólo él sabe hacer, construye esta vez una obra donde la ironía y el humor toman el mando. Pero, pese al tono jocoso, aparecen párrafos tan bellos, al tiempo que aterradores (o tan aterradores, al tiempo que bellos), como el siguiente:
Lo que la parlanchina Madam Shpolyanski mencionó había hecho aparecer como por arte de magia una visión extraordinariamente intensa de Mira. Esto era molesto. Sólo desde la fría objetividad de una enfermedad incurable, en la cordura de la proximidad de la muerte, cabía pensar en la posibilidad de hacer frente durante un momento a semejante impresión. Para poder llevar una existencia racional, Pnin se había enseñado a sí mismo, a lo largo de los diez últimos años, a no acordarse nunca de Mira Belochkin; y no porque, en sí misma, la evocación de un enamoramiento juvenil, trivial y breve, constituyese una amenaza contra la paz de su espíritu (los recuerdos, ay, de su matrimonio con Liza eran tan imperiosos que se bastaban y sobraban para alejar con su ubicua presencia cualquier amorío anterior), sino porque, para alguien que deseara ser sincero consigo mismo, no era posible que subsistiera ninguna clase de conciencia, ni tampoco por tanto consciencia, en un mundo donde cupieran cosas como la muerte de Mira. Había que olvidar; porque no se podía vivir con la idea que esta gentil, frágil y tierna joven con aquellos ojos, aquella sonrisa, aquellos jardines y nieves en el fondo, había sido conducida en un vagón de ganado a un campo de exterminación, para ser asesinada allí por medio de una inyección de fenol en el corazón, en el amable corazón que él mismo había escuchado latir bajo sus propios labios en la penumbra del pasado. Y como la forma exacta de su muerte no había quedado registrada, Mira moría una y otra vez un gran número de muertes en la imaginación de Pnin, y experimentaba un gran número de resurrecciones, aunque sólo para morir de nuevo, repetidamente, conducida por una enfermera especialmente adiestrada al lugar dónde le sería inoculada quién sabe qué porquería, bacilos del tétanos, cristales rotos, o para ser sometida a un simulacro de duchas de gases, de ácido prúsico, o quemada viva en un pozo sobre un montón de leña de haya empapada de gasolina. Según el investigador con el que Pnin conversó casualmente en Washington, lo único seguro era que como se encontraba demasiado débil para trabajar (aunque seguía sonriendo, aunque seguía ayudando a otras mujeres judías), fue elegida para la muerte e incinerada a los pocos días de su llegada a Buchenwald, en el bello y boscoso Grosser Ettesberg, que es el resonante nombre con el que se conoce a aquella región. Se encuentra a una hora de camino de Weimar, la ciudad por la que pasearon Goethe, Herder, Schiller, Wieland y el inimitable Kotzebue entre otros.
Nota: más información sobre el DVD con la entrevista
aquí.